Cuando quedaba allí sin mis padres, era el mejor de los tiempos. Salía y entraba a mi antojo, paseaba con mi perro el Don por todos lados. Iba con uno o con otro primo al molino, al Incio, a cazar o, lo mejor para mí, con todos a las labores del campo. Sería imposible exagerar la importancia que tuvo para el resto de mi vida haberme hallado tan cerca de la preparación del lino en la sombría Veiga, de la siega del centeno en el luminoso Valdichoy, del pastoreo en los húmedos remansos de Pereira o en el hondo Revoredo, de la traída de los tojos del alto Castreliño, de la recolección de las patatas o la angustia de su plaga en la Cortiña, de la maja en la era, de la hechura de la mantequilla o las filloas en la cocina, de la impresionante matanza de los cerdos en medio del crudo invierno y la preparación de los mejores jamones y tocinos que se han conocido. He hecho sin duda muchas comidas memorables en mi ya larga vida y, sin embargo, no sé si cambiaría la mejor de ellas por aquél descanso de la siega en Chao dos Castros, cuando la tía Elvira, vuestra madre, llegó con una enorme cesta de alimentos sobre la cabeza y nos dispusimos todos bajo los carballos y junto a las ruinas del castro a comer pan de centeno con jamón, chorizo y tocino, todo de la casa. Era verano, era el estío retratado en las novelas de Emilia Pardo Bazán y que yo disfrutaba en persona. Para mí todo era delicioso hasta el encantamiento y nada tenía que ver con el aspecto negativo que seguramente tuvo muchas veces para quienes tenían que sudar y sufrir para vivir de aquella tierra sin muchas esperanzas de otra cosa. Yo no tenía la edad para entender esto y sólo veía su aspecto radiante: libertad, cielos altísimos, inmensos campos de permanente verdor, bosques sombríos, arroyos transparentes, hierba olorosa y bichos extraños por doquier: esconzos, vencejos, ciervos volantes, raposos, pegas, rumores de lobos.
En una de las primeras fotos que tomé en la vida hacia 1957, aparece Papá Juanito en la Huerta del Castelo rodeado de varios nietos de su casa: Pepe sentado abajo y, en el sentido de las manecillas del reloj, Maruja, Lucita, Lola y Nabor. Ellos muy serios, ellas sonrientes y muy hermosas. Es posiblemente la última foto de Papá Juanito, quien murió en 1958.
¿Y cómo dejar de hablar de lo que llamo el ciclo del pan? Pan se llamaba apropiadamente al centeno y a su plantío. En plena canícula, el punto más caluroso del verano, primos y primas se arropaban de lanas como en invierno pra seitura y protegerse así de los afilados cañutos que de todas maneras harían estragos en manos y piernas. La fatigosa siega, con sus hoces y atajos, la brega de varios días y las espaldas quebrantadas por la doblegada postura. Y luego, el alegre festival de la majada con sus palos golpeadores de la espiga en ritmos circulares, la separación evangélica de grano y paja al lanzar al viento la espiga macerada. De un lado quedaban finalmente los sacos abundantes de grano entero y de otro el pajar mullido, cálido, dorado. De los primeros salía la simiente para adelantar la mies de los años y los siglos en la estación sucesiva, cuando se preparaban para la siembra las tierras, los arados, las yuntas y los surcos. Y después, en otros tiempos... ¡O muiño! Papá Juanito despertándome con el consabido pan con chocolate, Juan cargando las bestias antes del amanecer, el camino lento hasta Goo, las horas de espera mientras las enormes piedras del molino giraban una sobre otra con la pujanza del río clavado al pie del despeñadero para triturar el grano. Al acabar la molienda, el regreso a casa con el salvado y la harina suficiente para esperar los días maravillosos de cocer pan. Y entonces, las mujeres salían a conseguir con los vecinos la levadura de todos, proveniente de quien sabe cuando, para amasar, hacer las hogazas y la empanada mientras los hombres se dedicaban a prender la hoguera en el gran horno de leña hasta que estaba, ya no rojo, sino blanco incandescente. Y, tras limpiarlo de la brasa, acomodar con largas palas las grandes hogazas en el crisol cenizo, tapar su boca con piedra laja y esperar... ¡Qué olor a pan cocido, que ganas de saborear la empanada! Pero antes, humildes a pesar del duro y noble sacrificio, sabedores de que no sólo de pan se vive, los campesinos de mi sangre se santiguaban y daban juntos gracias al cielo... El ciclo del pan... Como bien lo sabéis, nadie me lo contó, ni lo leí en algún libro de agricultura tradicional: yo lo vi, yo lo viví hace medio siglo en aquella amada casona del Castelo. Yo he comido de ese pan y compartido esa comunión, esa terrena eucaristía. ¡Cómo no iban todos estos gozos y faenas ancestrales a marcarme para siempre!
Siempre he sentido que la experiencia del Castelo ha cincelado no sólo mi memoria sino hasta mi ideología y mis valores. La afinidad con quienes trabajan duro, con los que no reciben lo que merecen, los ideales de un socialismo democrático contra toda imposición y discriminación, la religión como expresión simbólica de una mística íntima y personal desconfiada de la falible y tantas veces retrógrada y obcecada iglesia, fueron para mí totalmente naturales cuando los fui reencontrando y madurando con ellos en la juventud, en el movimiento estudiantil de 1968, en mi atracción y mis estudios con los sabios maestros españoles exiliados de la Guerra Civil, cariñosamente llamados “refugiados” en México. Eran sencillamente las ideas más relacionadas con aquella vida de trabajo, de relación íntima con la naturaleza, de injusticia y sentido de la justicia. Desde luego que esa otra figura del Castelo, el tío Manolo, médico y mártir republicano, para mí un espíritu bueno y tutelar, vino a afianzar ese mismo camino: la preocupación por los más desamparados, los ideales republicanos, la indignación por el abuso, el nacionalismo entendido no como una exclusión separatista, sino como una identidad propia y una voz vigorosa y distinta en la diversidad española, como un rebelde orgullo y homenaje a una tradición rica y antigua lengua que se quiere preservar y engrandecer. Cuando años más tarde llegué a convivir con grupos indígenas de México, de una cultura tan distinta, pero de similar sentido de la tradición, de la naturaleza, del trabajo duro, de dolor y terca vitalidad, tampoco me costó sentirme profundamente identificado con ellos.
Vaya pues, después de todo, me ha sido posible expresar algo que quería y no tenía del todo claro al principio de esta carta. Sencillamente no quería dejar pasar más tiempo para decirle al Castelo, a lo que representa la casa y a sus gentes de ahora, los últimos de entonces, lo importantes que han sido y siguen siendo para mí.
¡Es la casta del Castelo!
José Luis Díaz Gómez
Ciudad de México 6 de agosto de 2009

José Luis es precioso lo que has escrito sobre el Castelo porque eso es lo que somos. Yo he vivido un poquito de esa época siendo niña y es tal y como la relatas. No conocí a papá Juanito pero creo que en todos nosotros sobrevive una parte de él que nos hace identificarnos con eso que tu llamas casta del Castelo.
ResponderEliminarLa familia es muy grande y está muy dispersa porque nos tocó sufrir la emigración pero cuando se nombra la palabra Castelo ¿qué tendrá ese vocablo? acudimos todos desde todas partes como una piña.
Hola, soy Manuel Díaz, hijo de Guillermo Díaz López y mi padrino es José Díaz de México, no se si el hijo o el padre, pues no tengo recuerdo de ellos.
ResponderEliminarEs verdad, cuando oigo la palabra Castelo, me vienen a mi memoria, mis veranos de pequeño en Castelo, días imborrables en mi mente.
Me gustaría saber de todos vosotros, fueron tantas veces que mi padre ma habló de todos vosostros, que os siento muy cerca.
Acerca de mi tio abuelo Manuel Díaz, asesinado por los fascistas, tengo una anecdota que siempre cuento. Resulta que yo me casé un 11 de septiembre de 1982, y ese día mi padre lloró desconsoladamente, y yo me acerque a el, y le dije, "papa, solo me caso, no llores", y el me contestó: no hijo, no lloro porque te casas, si no porque siempre me pasan las cosas más importantes de mi vida un 11 de septiembre, y me contó el asesinato de "o pequeniño", desde aquel día, mi tío abuelo Manuel Díaz, es mi referente en cuanto a mi posicionamiento político.
Apertas desde mi tierra galega
Y que puedo decir yo desde Uruguay?. Que los relatos de José Luis van completando con nuevas anécdotas las historias de la vida familiar en el Castelo, tan amado por mi abuelo Juan Celestino, que en tantas sobremesas relató a sus hijos y a nosotros, sus nietos, haciéndonos partícipes del disfrute de sus recuerdos siempre de mensaje optimista. Así desde chiquitos aprendimos a amar nuestras raíces que aunque lejanas en la distancia muy próximas en nuestros corazones. Como aporte a este foro familiar quiero agregar que Juan Celestino, mi abuelo, tenía por costumbre mientras esperábamos el almuerzo dominguero hacer con los cubiertos sobre la mesa el plano de la Casa del Castelo. Mi abuelo sabía ser muy atrapante, siempre lograba nuestra mayor atención. Fue muy importante la primer visita del Tío Luis y la Tía Beatriz a Uruguay allá por el año '68.Haber vivido aquella emoción indescriptible del abrazo entre los hermanos Díaz del Castelo!. ( parece que no tengo cuenta para publicar, asi que lo pongo anónimo pero soy:
ResponderEliminarLaura Devitta Díaz).