Era, sobre todo, la morada de Papá Juanito, un viejo muy viejo que también era más que un abuelo. Era el símbolo y la encarnación de la finca y su estirpe: el corazón de la familia. Yo viví con mis abuelos maternos muchos años, tanto en México como en La Coruña. Mi abuelo Tomás era también gallego, de Bahamonde, de la aldea de Boucacarreira, no muy distinta de Sirgueiros. Y, aunque pasé allí alguna temporada y tengo recuerdos de ella, ni por asomo tiene el significado del Castelo. Había algo en Papá Juanito, en la casa de noble nombre y modesto proceder, en aquel linaje patriarcal, en el apego al sitio, en esa raíz de la que trato de hablar buscando expresar lo inexpresable. El caso es que todo aquello - tierras, animales, plantas, casa, gente, familia, paisaje, tradición, costumbre - se me grabó dentro, me marcó, me dio algo fundamental que formó parte de mí y lo hará para siempre.
Para ilustrar a mi amado abuelo tal y como lo recuerdo, en la foto de abajo aparece Papá Juanito conversando animadamente en la boda de mi primo Ricardo Díaz López con Milagros allá por 1955.
Papá Juanito fue mi abuelo favorito. Cuando estaba con él siempre me encontraba en total confianza e inseparable intimidad. Fluía entre nosotros una corriente de franca simpatía y, aunque seguramente os querría más a vosotros por ser los de casa y los de siempre, para mí el abuelo era tan natural en mi vida como lo eran el día y la noche. Me extrañaba oír que había sido un hombre duro y dominante pues conmigo era tan tierno como el pan de trigo y tan dulce como la barra de chocolate que me daba secretamente todas las tardes. Claro, él tenía más de noventa años y yo andaba por los diez. Tendimos así entre ambos un puente de ochenta y tantos años de longitud. Sería por eso que resultó tan recio y ancho.
En la foto de abajo estamos mi madre Beatriz y yo a los lados de Papá Juanito en una visita a Lugo hacia 1954.
José Luis Díaz Gómez
Ciudad de México 6 de agosto de 2009

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