lunes, 31 de agosto de 2009

Biografía de Mamálola

de ella con mi tío Manolo en brazos y mi padre.

Del libro de familia que también se me coló

Una que se me coló de mi madre y Chacha en Caracas


Con MArgarita la de Pepe (Chacha le llamamos nosotros) en Caracas.


Con la familia cuando mi tío Luis de México viajó a Caracas



Conmigo en Caracas en el parque de los Caobos.

Mi padre (Gabriel) y mi tío Manolo disfrazados

Ella sola.

La del libro de familia con mi abuelo y sus 4 hijos


Una del Castelo.

Mi abuela Lola con Reginita en su charcutería de los apamates en Caracas.

La biografía os la envío en breve..
Saludos:
MArga
16-08-09





EL CASTELO VERANO 2009


CASTA DEL CASTELO III

Pero junto a Papá Juanito estaban mis primos del Castelo, que bromeaban conmigo y me consentían siempre en medio de risas y chanzas. Todo eso era algo así como el paraíso para aquel pequeño que fui y, de esa manera tan curiosa que tiene la vida de formarnos con recuerdos, aún soy a los 66 años. En aquella época nunca se me ocurrió lo afortunado de vivir el Castelo, de ser parte de su antigua vida de entonces ida para siempre. Y era quizás la mejor parte, pues no tenía, como en su tiempo mi padre o vosotros, que sufrir las durezas del trabajo y las estrechas recompensas, sino solamente saborear las bellezas del sitio y las estaciones, la siega del centeno, la fiesta de la matanza, de uncir al Roxo y al Navarro, los toretes sementales de la casa, de los personajes pintorescos como “San Juan Antonio de Neira”, Reguiño, Macías, el cura “Voador” y tantos más.
Cuando quedaba allí sin mis padres, era el mejor de los tiempos. Salía y entraba a mi antojo, paseaba con mi perro el Don por todos lados. Iba con uno o con otro primo al molino, al Incio, a cazar o, lo mejor para mí, con todos a las labores del campo. Sería imposible exagerar la importancia que tuvo para el resto de mi vida haberme hallado tan cerca de la preparación del lino en la sombría Veiga, de la siega del centeno en el luminoso Valdichoy, del pastoreo en los húmedos remansos de Pereira o en el hondo Revoredo, de la traída de los tojos del alto Castreliño, de la recolección de las patatas o la angustia de su plaga en la Cortiña, de la maja en la era, de la hechura de la mantequilla o las filloas en la cocina, de la impresionante matanza de los cerdos en medio del crudo invierno y la preparación de los mejores jamones y tocinos que se han conocido. He hecho sin duda muchas comidas memorables en mi ya larga vida y, sin embargo, no sé si cambiaría la mejor de ellas por aquél descanso de la siega en Chao dos Castros, cuando la tía Elvira, vuestra madre, llegó con una enorme cesta de alimentos sobre la cabeza y nos dispusimos todos bajo los carballos y junto a las ruinas del castro a comer pan de centeno con jamón, chorizo y tocino, todo de la casa. Era verano, era el estío retratado en las novelas de Emilia Pardo Bazán y que yo disfrutaba en persona. Para mí todo era delicioso hasta el encantamiento y nada tenía que ver con el aspecto negativo que seguramente tuvo muchas veces para quienes tenían que sudar y sufrir para vivir de aquella tierra sin muchas esperanzas de otra cosa. Yo no tenía la edad para entender esto y sólo veía su aspecto radiante: libertad, cielos altísimos, inmensos campos de permanente verdor, bosques sombríos, arroyos transparentes, hierba olorosa y bichos extraños por doquier: esconzos, vencejos, ciervos volantes, raposos, pegas, rumores de lobos.
En una de las primeras fotos que tomé en la vida hacia 1957, aparece Papá Juanito en la Huerta del Castelo rodeado de varios nietos de su casa: Pepe sentado abajo y, en el sentido de las manecillas del reloj, Maruja, Lucita, Lola y Nabor. Ellos muy serios, ellas sonrientes y muy hermosas. Es posiblemente la última foto de Papá Juanito, quien murió en 1958.
¿Y cómo dejar de hablar de lo que llamo el ciclo del pan? Pan se llamaba apropiadamente al centeno y a su plantío. En plena canícula, el punto más caluroso del verano, primos y primas se arropaban de lanas como en invierno pra seitura y protegerse así de los afilados cañutos que de todas maneras harían estragos en manos y piernas. La fatigosa siega, con sus hoces y atajos, la brega de varios días y las espaldas quebrantadas por la doblegada postura. Y luego, el alegre festival de la majada con sus palos golpeadores de la espiga en ritmos circulares, la separación evangélica de grano y paja al lanzar al viento la espiga macerada. De un lado quedaban finalmente los sacos abundantes de grano entero y de otro el pajar mullido, cálido, dorado. De los primeros salía la simiente para adelantar la mies de los años y los siglos en la estación sucesiva, cuando se preparaban para la siembra las tierras, los arados, las yuntas y los surcos. Y después, en otros tiempos... ¡O muiño! Papá Juanito despertándome con el consabido pan con chocolate, Juan cargando las bestias antes del amanecer, el camino lento hasta Goo, las horas de espera mientras las enormes piedras del molino giraban una sobre otra con la pujanza del río clavado al pie del despeñadero para triturar el grano. Al acabar la molienda, el regreso a casa con el salvado y la harina suficiente para esperar los días maravillosos de cocer pan. Y entonces, las mujeres salían a conseguir con los vecinos la levadura de todos, proveniente de quien sabe cuando, para amasar, hacer las hogazas y la empanada mientras los hombres se dedicaban a prender la hoguera en el gran horno de leña hasta que estaba, ya no rojo, sino blanco incandescente. Y, tras limpiarlo de la brasa, acomodar con largas palas las grandes hogazas en el crisol cenizo, tapar su boca con piedra laja y esperar... ¡Qué olor a pan cocido, que ganas de saborear la empanada! Pero antes, humildes a pesar del duro y noble sacrificio, sabedores de que no sólo de pan se vive, los campesinos de mi sangre se santiguaban y daban juntos gracias al cielo... El ciclo del pan... Como bien lo sabéis, nadie me lo contó, ni lo leí en algún libro de agricultura tradicional: yo lo vi, yo lo viví hace medio siglo en aquella amada casona del Castelo. Yo he comido de ese pan y compartido esa comunión, esa terrena eucaristía. ¡Cómo no iban todos estos gozos y faenas ancestrales a marcarme para siempre!
Siempre he sentido que la experiencia del Castelo ha cincelado no sólo mi memoria sino hasta mi ideología y mis valores. La afinidad con quienes trabajan duro, con los que no reciben lo que merecen, los ideales de un socialismo democrático contra toda imposición y discriminación, la religión como expresión simbólica de una mística íntima y personal desconfiada de la falible y tantas veces retrógrada y obcecada iglesia, fueron para mí totalmente naturales cuando los fui reencontrando y madurando con ellos en la juventud, en el movimiento estudiantil de 1968, en mi atracción y mis estudios con los sabios maestros españoles exiliados de la Guerra Civil, cariñosamente llamados “refugiados” en México. Eran sencillamente las ideas más relacionadas con aquella vida de trabajo, de relación íntima con la naturaleza, de injusticia y sentido de la justicia. Desde luego que esa otra figura del Castelo, el tío Manolo, médico y mártir republicano, para mí un espíritu bueno y tutelar, vino a afianzar ese mismo camino: la preocupación por los más desamparados, los ideales republicanos, la indignación por el abuso, el nacionalismo entendido no como una exclusión separatista, sino como una identidad propia y una voz vigorosa y distinta en la diversidad española, como un rebelde orgullo y homenaje a una tradición rica y antigua lengua que se quiere preservar y engrandecer. Cuando años más tarde llegué a convivir con grupos indígenas de México, de una cultura tan distinta, pero de similar sentido de la tradición, de la naturaleza, del trabajo duro, de dolor y terca vitalidad, tampoco me costó sentirme profundamente identificado con ellos.
Vaya pues, después de todo, me ha sido posible expresar algo que quería y no tenía del todo claro al principio de esta carta. Sencillamente no quería dejar pasar más tiempo para decirle al Castelo, a lo que representa la casa y a sus gentes de ahora, los últimos de entonces, lo importantes que han sido y siguen siendo para mí.
¡Es la casta del Castelo!
José Luis Díaz Gómez
Ciudad de México 6 de agosto de 2009

CASTA DEL CASTELO II

Pero yo, ¿porqué padezco y gozo de la morriña también? La respuesta no debe ser muy distinta a la de ellos, pues, aunque sólo pasaba en el Castelo temporadas y vacaciones cuando era niño y un poco más cuando era pollo, la antigua casa y sus gentes eran parte de mi mundo más cercano. El Castelo era la casa de mi padre, pero, a diferencia de cualquier casa en la que cualquiera pudo crecer, era de la familia Díaz y lo había sido por generaciones. Lo que entendía entonces por “El Castelo” sin darme bien cuenta de ello no era sólo la casa y las tierras, con su carga de tradiciones, fiestas, camposantos, frutas, ganado o patatas, era aún más que todo eso. Sin luz eléctrica, ni baños, sin estufas de gas, sin autos ni juguetes, sin teléfono ni agua corriente, con sus noches negras y largas de estrellas radiantes y de insondables silencios salpicados de mugidos, de canciones de la bella Lola, y chirridos de carretas, el Castelo era la raíz, el mito, el punto de referencia, el centro fijo al que siempre se puede voltear y volver.
Era, sobre todo, la morada de Papá Juanito, un viejo muy viejo que también era más que un abuelo. Era el símbolo y la encarnación de la finca y su estirpe: el corazón de la familia. Yo viví con mis abuelos maternos muchos años, tanto en México como en La Coruña. Mi abuelo Tomás era también gallego, de Bahamonde, de la aldea de Boucacarreira, no muy distinta de Sirgueiros. Y, aunque pasé allí alguna temporada y tengo recuerdos de ella, ni por asomo tiene el significado del Castelo. Había algo en Papá Juanito, en la casa de noble nombre y modesto proceder, en aquel linaje patriarcal, en el apego al sitio, en esa raíz de la que trato de hablar buscando expresar lo inexpresable. El caso es que todo aquello - tierras, animales, plantas, casa, gente, familia, paisaje, tradición, costumbre - se me grabó dentro, me marcó, me dio algo fundamental que formó parte de mí y lo hará para siempre.
Para ilustrar a mi amado abuelo tal y como lo recuerdo, en la foto de abajo aparece Papá Juanito conversando animadamente en la boda de mi primo Ricardo Díaz López con Milagros allá por 1955.

Papá Juanito fue mi abuelo favorito. Cuando estaba con él siempre me encontraba en total confianza e inseparable intimidad. Fluía entre nosotros una corriente de franca simpatía y, aunque seguramente os querría más a vosotros por ser los de casa y los de siempre, para mí el abuelo era tan natural en mi vida como lo eran el día y la noche. Me extrañaba oír que había sido un hombre duro y dominante pues conmigo era tan tierno como el pan de trigo y tan dulce como la barra de chocolate que me daba secretamente todas las tardes. Claro, él tenía más de noventa años y yo andaba por los diez. Tendimos así entre ambos un puente de ochenta y tantos años de longitud. Sería por eso que resultó tan recio y ancho.
En la foto de abajo estamos mi madre Beatriz y yo a los lados de Papá Juanito en una visita a Lugo hacia 1954.
José Luis Díaz Gómez
Ciudad de México 6 de agosto de 2009

viernes, 7 de agosto de 2009

CASTA DEL CASTELO I


Como parte de la familia Díaz proveniente de la casa del Castelo, situada en Sirgueiros, municipio de Incio en la provincia de Lugo, tuve el raro privilegio de vivir el periodo luminoso de la vida rural gallega a mediados del siglo pasado, una vida que ha desaparecido casi por completo no sólo en Galicia sino también en el resto de Europa. Hace unos años, hacia 2003, escribí una carta mis primos Juan, Maruja y Lola quienes residían entonces en el Castelo y en el Incio. Lo que tenía que decirles me parecía tan imposible ponerlo en palabras como callarlo y era al mismo tiempo sencillo y elemental. Transcribo a continuación y con cambios mínimos buena parte de esa misiva en la que intenté plasmar la enorme importancia del Castelo en mi vida. Uso el tiempo presente pues todo lo que dije entonces sigue siendo pertinente hoy y agrego algunas fotos de la época entre 1953 y 1956 en la que estuve tan cerca de la casa y su gente.
Empiezo por decir que casi no hay día que pase sin que me acuerde del Castelo. Esto es raro, porque ni he nacido ni me he criado en el Castelo. Se puede entender que mi padre Luis o mi primo Manolo, emigrantes gallegos, nacidos y crecidos en tierras del Incio, hayan sentido siempre aquella espuela agridulce de la morriña y la saudade.
En la foto de abajo aparece la portada de la autobiografía de mi padre, significativamente intitulada “Añoiranzas” (1989), con la imagen del Castelo como referencia tangible de su morriña de emigrante.
José Luis Díaz Gómez
Ciudad de México 6 de agosto de 2009

sábado, 1 de agosto de 2009

A LOS FAMILIARES Y AMIGOS QUE ULTIMAMENTE SE ESTÁN ENCONTRANDO POR CASUALIDAD CON EL BLOG EL CASTELO


Deseo agradecer las ofertas de colaboración que me han estado llegando por distintos medios,quiero que sepais que el blog es de todos y me gustaría que lo hagamos entre todos, yo sólo lo voy a moderar, por cierto soy Mª Ignacia hija de Maruja y nieta de Rodrigo.
Por ahora las que más están colaborando son Maruja, Lola y Luz hijas de Rodrigo porque las tengo cerca y si no fuera po ellas nada de esto sería posible. Mi agradecimiento a las tres que hasta el momento son las verdaderas autoras.
Lo siguiente que me gustaría hacer es un breve resumen de las vidas de cada hijo de papá Juanito para lo que ya cuento con las ofertas de colaboración de Margarita, nieta de tía Lola y de José Luis hijo de tío Luis.
Gracias a todos por todo y bienvenidos, contais con mi cariño porque a todos nos une algo especial:El Castelo.