Con el frío que está haciendo estos días se me viene a la memoria la celebración de la matanza en el Castelo, y digo bien, celebración porque eso es lo que era, una auténtica fiesta que reunía a parientes y vecinos. Hace ya varios años que no hay matanza en el Castelo, pero muchos vecinos del entorno todavía la llevan a cabo.
Todo empezaba a la mañana muy temprano con los preparativos y la llegada de la gente que iba a participar en todo el proceso. Se iban reuniendo en la cocina que horas antes había sido calentada con la leña del hogar; encima de la mesa una bandeja con orujo y galletas, ese era el desayuno de los participantes, cuando ya todos se habían ido, nos dejaban a los niños coger las galletas que habían sobrado, ahí empezaba nuestra fiesta.

Después nos colocábamos detrás de la ventana, un lugar privilegiado desde donde lo contemplábamos todo: cómo cogían a los cerdos, que nos aturdían con sus gritos, cómo los colocaban en el banco y cómo al fin les clavaban en la garganta aquellos enormes y afilados cuchillos. Esta faena la hacían los hombres, siempre había uno más experto que era el matarife. la sangre muy roja salía a borbotones y se recogía en unos cubos grandes para hacer las filloas y las morcillas.¡qué ricas aquellas filloas de sangre!
Cuando ya estaban sacrificados, los cerdos se metían en barreños enormes de agua hirbiendo y se escaldaban para quitarles todo el pelo, después de ésto quedaban limpios, muy limpios y los abrían en canal para quitarles las entrañas. Era el momento de las mujeres que recogían las tripas de los animales y las llevaban a lavar al lavadero de la casa que estaba en un prado llamado pereira. Era un precioso lavadero hecho de piedra por el que corría un agua cristalina pero muy fría. Allí, las mujeres entre cantos y risas lavaban las tripas hasta dejarlas listas para embutir la carne y hacer los chorizos y los salchichones que sobra decir cómo estaban de ricos.Era un trabajo alegre porque lo hacían entre varias, contando chistes y con muchas carcajadas, pero era un trabajo muy duro porque aguantaban varias horas con las manos sumergidas en un agua que estaba helada.
Con la faena del primer día terminada, comenzaba la fiesta.Todos los vecinos reunidos alrededor de la mesa contando los chismes y anécdotas del pueblo. El primer día no se podía comer ni la sangre ni la carne de la matanza que debían reposar al menos un día, pero los vecinos que ya habían hecho su matanza compartían la suya de modo que ya la mesa estaba llena de todo.Comer, reír y cantar...
Los cerdos quedaban colgados de una viga en el techo toda la noche hasta el día siguiente en que se cortaban y salaban para conservar la carne durante todo el año.
Al cabo de dos días se hacían los chorizos embutiendo con una máquina muy rudimentaria la zorza (así llamamos en Galicia a la carne aliñada con pimentón y orégano).Entre varias mujeres se ataban los chorizos y se ponían a secar hasta que estaban listos para el consumo.
Todo empezaba a la mañana muy temprano con los preparativos y la llegada de la gente que iba a participar en todo el proceso. Se iban reuniendo en la cocina que horas antes había sido calentada con la leña del hogar; encima de la mesa una bandeja con orujo y galletas, ese era el desayuno de los participantes, cuando ya todos se habían ido, nos dejaban a los niños coger las galletas que habían sobrado, ahí empezaba nuestra fiesta.

Después nos colocábamos detrás de la ventana, un lugar privilegiado desde donde lo contemplábamos todo: cómo cogían a los cerdos, que nos aturdían con sus gritos, cómo los colocaban en el banco y cómo al fin les clavaban en la garganta aquellos enormes y afilados cuchillos. Esta faena la hacían los hombres, siempre había uno más experto que era el matarife. la sangre muy roja salía a borbotones y se recogía en unos cubos grandes para hacer las filloas y las morcillas.¡qué ricas aquellas filloas de sangre!
Cuando ya estaban sacrificados, los cerdos se metían en barreños enormes de agua hirbiendo y se escaldaban para quitarles todo el pelo, después de ésto quedaban limpios, muy limpios y los abrían en canal para quitarles las entrañas. Era el momento de las mujeres que recogían las tripas de los animales y las llevaban a lavar al lavadero de la casa que estaba en un prado llamado pereira. Era un precioso lavadero hecho de piedra por el que corría un agua cristalina pero muy fría. Allí, las mujeres entre cantos y risas lavaban las tripas hasta dejarlas listas para embutir la carne y hacer los chorizos y los salchichones que sobra decir cómo estaban de ricos.Era un trabajo alegre porque lo hacían entre varias, contando chistes y con muchas carcajadas, pero era un trabajo muy duro porque aguantaban varias horas con las manos sumergidas en un agua que estaba helada.
Con la faena del primer día terminada, comenzaba la fiesta.Todos los vecinos reunidos alrededor de la mesa contando los chismes y anécdotas del pueblo. El primer día no se podía comer ni la sangre ni la carne de la matanza que debían reposar al menos un día, pero los vecinos que ya habían hecho su matanza compartían la suya de modo que ya la mesa estaba llena de todo.Comer, reír y cantar...
Los cerdos quedaban colgados de una viga en el techo toda la noche hasta el día siguiente en que se cortaban y salaban para conservar la carne durante todo el año.
Al cabo de dos días se hacían los chorizos embutiendo con una máquina muy rudimentaria la zorza (así llamamos en Galicia a la carne aliñada con pimentón y orégano).Entre varias mujeres se ataban los chorizos y se ponían a secar hasta que estaban listos para el consumo.

Recuerdo que comentaba mi abuela Lola que por aquellos años cuando la matanza reunía a lo mas importante del pueblo alrededor de la mesa y entre ellos el Sr. Cura, los niños aprovechaban para gastarles alguna que otra "inocentada".. se ve que por entonces había mas ingenio que ahora par esas cosas.
ResponderEliminarPues ella contaba, que creo que era mi tío Manolo (hermano de mi padre), mientras las mujeres dejaban los quesos, roscas y pan, recién hechos en el alfeizar de la ventana, Manolito se encargaba de vaciar su interior y colocar las carcasas nuevamente en la repisa, de manera que cuando los presentaban a la mesa (Sr. Cura incluído)... aparecía la gran sorpresa!!! VACIO!!
También recuerdo que nos decía siempre la frase: " Sr. Cura: ¿de tres pra rriba?" pues parece ser que cuando al sacerdote le acercaban el café para endulzarlo le gustaba de 3 cucharillas o mas!! ahora se le diría ojo con la dieta!!
Curiosa anécdota Marga; tb nosotros utilizamos esa frase cuado echamos el azúcar al café, ahora sé el origen.
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